Veo las situaciones que tienen lugar a lo largo y ancho del mundo – que nos afectan a todos aunque creamos que estamos al margen- y me entran ganas, si creyeran en un Dios personal y todopoderoso, que no es el caso, de cantar el salmo israelita que solo ellos entendían en la antigüedad: Pueblo mío: ¿Qué te he hecho, en que te he ofendido? Respóndeme. Cantaba ese pueblo un poco paranoide -Dios los ha elegido a ellos y a los demás nos ha dejado como comparsas en la historia, como si fuéramos palmeros en un garito barato. Estás ahí pero te pueden dar la patada en cualquier momento.
Publico ahora mismo, ya en el Quijote Negro e Histórico, un libro que está ya en la imprenta: Cuarenta años de cárcel. Sin redención. No es una autobiografía porque no soy tan gilipollas, cerca del crematorio, resucitado y crucificado en un suspiro – ¡cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando!-.Haciendo cola entre un grupo de vejestorios que lo único que hacemos es estorbar, no soy tan gilipollas, insisto, en pensar que mi vida es mínimamente importante como para escribirla. En ese libro repaso la historia reciente de España: la pobreza de la posguerra en la dictadura franquista, la emigración a Alemania – nosotros que ahora vamos de chulos, éramos emigrantes pobres-, los niños en los colegios de curas para que no estorbaran y eran una dificultad para que los alemanes te alquilaran un piso. Repaso los colegios de curas, castigado y aterrorizado porque todos los días con sus respectivas noches nos daban la paliza con la condenación eterna. A mi no me metieron mano, como ahora tantos se quejan con esa moda de denunciar las cosas treinta y cinco años después, cuando no hay pruebas y la demostración es imposible. Conocí buenos curas, buenas personas y conocí auténticos hijos de puta, que pretendían educar a hostia limpia. Nunca les perdonaré – he ido a verlos a algunos que quedan vivos, que se portaron bien- la represión en muchos terrenos, con un Dios vigilante, castigador y pendiente de cada paja que no nos hacíamos por el terror a Satanás y a sus calderas de aceite hirviendo. No son culpables. Ellos también eran víctimas del nacionalcatolicismo controlador y represor. Franco, Gomá, Pla y Deniel y otros prebostes con sotana hacían un dúo perfecto de trono y altar.
En este libro, como su título deja claro, acabé en la cárcel y fui testigo de excepción del paso de Franco a Suárez – ahora también lo han denunciado como agresor, cuando lleva años muerto. ¡Qué poca vergüenza!-. De eso escribo.
Recién estrenada la democracia, había en aquella zona de playa que hicieron los pieds noir que vinieron de Argelia, donde habían luchado contra Francia en la OAS y alguno hasta se integró en el Batallón Vasco Español, que fue antecedente del GAL, había muchas barras americanas, puticlubs y bares de alterne, en los que nunca entré pero que conocía al dedillo porque macarras, putas caras y baratas, burleros, mariquitas, bujarrones y estafadores de toda laya, era fácil que acabaran en Benalúa, antes cárcel y ahora Palacio de Justicia.
Había un matón de taberna que me persiguió. Entró por matar al dueño de una cafetería en la Isleta, que se negaba a pagarle el impuesto revolucionario exigido para dejarlo tranquilo, luego me siguió a Fontcalent y después, cuando me fui de director a Nanclares, también allí me lo encontré disfrutando del clima gélido de la llanura alavesa.
Me recuerda a Trump. Un matón autoritario, rasgos psicopáticos evidentes, se cree el dueño del universo y cualquier cosa que se le antoje, tiene derecho a ella. Si no se la dan por las buenas – Groenlandia, por ejemplo- la coge por las malas. Aquel desgraciado mató y pagó la cárcel correspondiente. Este, que aún pelea por el Nobel de la Paz y se jacta de haber parado no sé cuantas guerras, establece el orden mundial y decide dónde y a quién hay que bombardear. ¿Existe para algo la ONU? ¿Pintan algo a la hora de decidir de dónde hay que sacar a un dictador o a un tío ensotanado que quiere implantar la sharía? El hace de policía mundial, de juez mundial, de verdugo y de carcelero y se queda tan tranquilo.
Vean en televisión cómo sus hordas justicieras sacan a rastras de los coches, de los colegios y de cualquier sitio, arrastrándolos literalmente por el suelo por el único delito de ser emigrantes en busca de una vida mejor. Mis padres se fueron a Alemania a trabajar para poder comer porque aquí, en los años sesenta, en la Andalucía profunda, las fincas eran de cuatro, que eran ricos y a los demás nos tocaba mirar y pasarlas putas. En Colombia, adonde me mandó Belloch para evitar que me mataran los del Frente de Liberación Nacional Vasco, estuve dando clases y un día observé que en las zonas ricas de Bogotá, de Cartagena, de Barranquilla o de Medellín, había rejas, alambradas y guardas jurados para defenderlas. Con toda claridad se lo dije: no pongáis tantos muros, tantas alambradas y tantos guardas jurados. El hambre aprieta mucho más. Todas las revoluciones, desde la francesa a la rusa, desde el motín de Aranjuez al de Esquilache. Todos los movimientos de gentes desde una tierra a otra tienen por objetivo comer. El propio fascista Trump, imperialista a tope, que quiere ser dueño de Venezuela, de Groenlandia y de Canadá, que quiere montar una Costa Azul francesa en la franja de Gaza, fue un emigrante, o lo fueron sus abuelos pero él lo ha olvidado porque es multimillonario. ¡Qué raro es que se libraran de Richard Nixon por cuatro cintas en un hotel y no se libren de este elemento pernicioso¡
Aquí no van las cosas mejor. Por culpa de la literatura, con la que no gano nada, sino que pago. Todo sea por el mantenimiento de las neuronas engrasadas y por llegar al tanatorio con conciencia mínima y no abotargado como un cenutrio. Por culpa de la literatura soy usuario frecuente de los AVE. Siento enormemente esos cuarenta y tres muertos y esos ciento y pico heridos. No tengo ni idea de ingeniería del ferrocarril, pero tengo claro que alguien es responsable y no se puede salir del paso hablando de casualidades.
A ver si Europa, la vieja Europa no se deja pisotear por ese emigrante, matón de taberna – tipología criminológica del viejo Ernest Seelig– devenido en multimillonario y al que ya definió Julio Anguita, aquel hombre honrado: ¿Usted es multimillonario? Sépalo. Detrás de toda gran fortuna siempre hay uno o muchos delitos. Esto lo saben hasta los politólogos.
El elemento pernicioso es el que tenemos en España, hay que decirlo sin el miedo que te acojona, valiente de literatura.