Ya hemos escrito muchísimo y tantísimas veces sobre si en Alicante capital se habla “preferentemente” castellano o valenciano, al final parece tema monocorde que puede aburrir a las ovejas, pero nunca a los exegetas de una “valencianía” impostada por artificial. El que el alicantino capitalino se sienta también “valenciano” no depende de imposiciones políticas, eso sería despotismo o colonialismo, sino de pura aceptación solidaria (y por ende voluntaria) de una lengua vernácula compartida con el español o, si nos ponemos puristas: castellano.
Que ahora se discuta si el alcalde de Alicante Luis Barcala habla un valenciano acorde con la normativa de la Academia de la Llengua, me parece una gilipollez de muchísimo cuidado, más propia de la intransigencia nacionalista enquistada en el artificial pancatalanismo obligada y consumadamente descentralizador, que de la analítica contemporaneidad idiomática.
Desde nuestro bienvenido regreso a la democracia, allá por los finales del siglo pasado, en los que se impuso más por buena voluntad “progresista” que por acierto sociolingüístico, el “valenciano” científicamente (me remito ya a los lingüistas europeos del siglo IX) lengua derivada del catalán (como el mallorquín, pero sin animadversiones ignorantes promovidas por una derecha folclórica de corto recorrido idiomático y cerril hasta la intransigencia), como si los castellanoparlantes no supiéramos que desde el Siglo de Oro hasta nuestros días no han “fijado, limpiado y dado el esplendor” a nuestra lengua que los latinos (lengua originaria) o hispanoamericanos (lengua colonial, de allende del Atlántico que la impuesta por los europeos peninsulares.
Esa contraposición entre ambas lenguas resulta tan cansina como artificial, usada por la oposición política de izquierdas como tozuda réplica a todo cuanto venga del poder (establecido democráticamente) de la derecha, sea ultra o liberal, para así demostrarse mediática y públicamente adversarios con posibilidades de sustitución en las próximas elecciones municipales.
Pero no entiende un servidor que esa confrontación idiomática sea el mejor camino para alcanzar en el mañana la vara de la alcaldía, como si el hablar en una u otra lengua fuera decisivo, salvo para una progresía cuyo voto ya está previamente definido sin otros aditamentos multilingüísticos. El PP no se va a meter en un charco que sólo puede traerle barrizal minoritario, y como ahora lo tiene fácil por consanguinidad política que se atenderá a lo que marque la Generalitat; si añadimos que en gobernanza está apoyado por Vox y cierra España, la cosa está más clara que la sopa del asilo de Benalúa.
El “valenciano” ayer era, con todos los respetos, lenguaje ordinario de barrios y pedanías, mientras hoy se ha convertido en modernidad intelectual, a la que decididamente hay que apoyar (personalmente lo hablo y lo escribo) para que no acabe diluido en el anecdotario folclórico, pero no confrontándolo con el español universal como si uno tuviera que escribir obligadamente con una mano y el otro con la otra, cuando, si no lo proponemos, perfectamente podemos ser ambidiestros.
Nadie podrá objetar en la mayoría de los documentos oficiales se redactan en ambas lenguas, pero raramente he escuchado en un pleno municipal (salvo en ocasiones muy puntuales) parlar valecià, y mucho menos a los alcaldes pasados y presentes, pero tampoco dejar de entenderlo, para y en cualquier caso dar réplica castellanizada, pues, de lo contrario les caería un poco artificioso pronunciarse salvo en la lengua que como Barcala ha mamado y hemos aprendido obligadamente en el colegio de la Inmaculada, para después, en su caso estudiar Derecho castellano) en la Universidad de Alicante, en el mío fuimos la primera promoción en estudiar filología catalana porque lo del valenciano era entonces poco menos que un barbarismo.
Pienso y supongo, como muchos de ustedes, que Alicante tiene muchos más asuntos que resolver antes del problema babilónico de las lenguas, y ahí es donde queremos ver a la oposición sobre plano y futuro para nuestros hijos y nietos.