Se tiene por metáfora harto explicativa de una ciudad levantada, el sitio de Beirut en 1982 cuando los israelitas bombardearon inclementemente la hasta entonces bellísima capital del Líbano, dejándola en patéticas ruinas irreconocibles, dándose la casualidad tiempo y espacio de que semejante e inhumano destrozo se produjo entre los meses de junio y agosto.
Obviamente ningún explosivo ha caído en el centro de Alicante desde aquel otro bombardeo sobre el Mercado Central de Alicante en mayo de 1968, cuando la aviación fascista de Mussolini quiso escarmentar a la que para Franco era una «provincia traidora». Pero eso son cosas de nuestro pasado cainita y guerracivilista.
Hoy (2023) Alicante en su City como centro administrativo y comercial, vuelve a ver arrancados viales y aceras, haciendo un auténtico vía crucis la circulación de personas y vehículos con el consiguiente cabreo e incomodidad del personal sorteando vallas laberínticas, desesperados conductores bajándose de los coches, y a veces hasta abandonándolos (dejados por en medio) como si se hubiera gripado el motor. Un desiderátum de enfados tanto por parte de los/as perturbados viandantes, como de unos comercios que, habiéndose gastado una pasta gansa en compras o alquileres, ven menguado su negocio por muchas rebajas que se nos ofrezcan.
Y claro, las conversaciones en la vía pública no pueden ser más inculpatorias y hasta coléricas contra el Ayuntamiento que muchos de ellos votaron recientemente. El hasta hoy admirado o, cuando menos respetado, Luis Barcala, se ha convertido en diana de una ciudadanía que no entiende tantas obras públicas al mismo tiempo y en una zona tan sensible cual puede ser el eje de la Plaza de los Luceros bajando hacia el mar y extendido hasta la Rambla de Méndez Núñez. Encima, y por si no tuviéramos bastante con el «caldo» veraniego, ya anuncian y amenazan con la misma subversión asfáltica en los cuatro carriles entre La Explanada y el puerto: histórica arteria de entrada y salida tanto hacia Murcia-Elche, como a playas hacia el Levante-Valencia: dos tazas llenas de torpe previsión que colman y vierten la paciencia de los alicantinos.
Alicante en su City como centro administrativo y comercial, vuelve a ver arrancados viales y aceras, haciendo un auténtico vía crucis la circulación de personas y vehículos con el consiguiente cabreo e incomodidad del personal
Ciertamente bien callado se tenían antes de las elecciones que las inmediatamente posteriores tareas mastodónticas de trastornar la vida del ciudadano medio que vive y/o acude al céntrico perímetro donde se encuentran grandes almacenes y mucha franquicia, resultarían inevitables por necesarias. Sin embargo, y como se dice ahora, al parecer mayoritario, «se han pasado tres pueblos», o, cuando menos, considerable viario.
No es fácil entender, por mucho que intente justificarlo los planificadores urbanos, que sea necesaria y obligada tanta obra civil a un mismo tiempo, salvo terremoto o riada apocalíptica, lo cual no parece el caso. Y lo que ya clama al cielo, no sé si repercutirá también en las urnas, es que aceras no hace tanto (apenas dos lustros) cambiadas por otras más decorativas, aunque también resbaladizas, se destrocen ahora, bajo el pretexto de peatonalizar en lo posible el centro urbano, precisamente aprovechando el estío cuando, según el edil de la cosa, José Ramón González, estamos y andamos más despoblados. Supongo que para este nuestro talento político-urbanístico el asueto vacacional agosteño se extiende (para todos) a unas vacaciones escolares, y a los guiris, que vienen a dejarse aquí sus buenos euros, les encantan las gincanas pedestres, o que todos aquellos/as que viven en el cogollo de la ciudad, deben quedar enclaustrados en sus casas como penitencia al supuestamente urbanitas pudiente, algo insoportable para un partido tan marxista como el PP.
De que la idea peatonal es buena y se supone bienintencionada, resulta inapelablemente cívico, aunque siempre habrá quien recele de intereses menos confesables, en todo caso no seré yo quien lo haga mientras no se demuestre lo contrario, como al parecer de la hemeroteca sucedió con Alperi y Sonia Castedo, y sus derrochadoras vacaciones a costa de un empresario metido en apaños de planes parciales.
Pero ello no obsta para haber planificado este mudamiento callejero, tiempo tuvieron, con una escalada más racional y menos lesiva para el transcurso, tanto a pie como motorizado, de los capitalinos y visitantes, precisamente en tiempos fogueriles y, por ende, festivos para echarse a la calle. Tal que así lo hemos visto en otras ocasiones.
Concluyo con el anecdotario personal: hace un par de días tardé ¾ de hora (repito: 45 minutos) en alcanzar un taxi después de seis llamadas y aguantando un sol que estuvo a punto de derribarme. Cuando le pregunté al taxista por qué desde la emisora no me daban ni esperanzas, mucho menos del número que tenía que venir a recogerme, me respondió revirtiendo las culpas en un consistorio poco previsor. Y toda aquella fobia que los taxistas con licencia municipal tuvieron hacia los Cabify por cuyo concurso inquiría, se disolvió en encogimiento de hombros y mandatos del santo Job ante lo irremediable por necesario.
Remedando la canción de Pablo Milanés, uno de los cantautores preferidos de nuestro alcalde: «yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue (Alicante) ensangrentada (levantada) y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes… Renacerá mi pueblo de sus ruinas».
Posiblemente renaceremos para volver a sufrir el mito de Sísifo con las ocupaciones públicas del insufrible martillero neumático. Esperemos, al menos, que este nuevo modelo de ciudad nos dure algo más que el anterior, y Obras y Urbanismo municipales sepan coordinar el actual caos revirtiéndolo en inteligentes y solidarias regularizaciones futuras del espacio-tiempo. De lo contrario, volver a votarlos será perder ambas dimensiones durante otros cuatro años.