Opinión Pedro Nuño de la Rosa, Ayuntamiento de Alicante
Ahora se habla de un centro cada vez más peatonal, pero poco se dice sobre aumentar las plazas de aparcamiento, a todas luces insuficientes, si queremos que la periferia acuda hasta la City comercial

Es indudable que la pandemia de Covid-19 ha traído a Alicante un cierto retraimiento turístico con alarma no menor que el sobresalto que tenían, pongamos por caso exponencial, Venecia, la Costa Azul o las islas griegas. Pero últimamente los miedos se van diluyendo conforme caen los mandatos y exigencias precautorias de esas atosigantes mascarillas tapando respiraderos. Por fin podemos hablar como personas individualizadas y no como autómatas, comer en los restaurantes sin observar a la mesa de al lado como si fueran presuntos contagiados, y, como mandan sentimientos: besar descarados, tomarnos de la mano.

Si bien ha sido un espanto, como todas las pandemias de la Historia, cuáles fueron la peste negra o bubónica, el tifus o, la no tan lejana fiebre amarilla, mal llamada «española», no es menos cierto que, tras su genocida movimiento arrasador circundando el planeta (6, 8 millones de muertos), aprendemos lecciones higiénicas, médicas, farmacológicas, etc. que nos debieran preparar para un futuro menos traumático.

Ahora se habla de un centro cada vez más peatonal, pero poco se dice sobre aumentar las plazas de aparcamiento, a todas luces insuficientes, si queremos que la periferia acuda hasta la City comercial

Sin embargo, estas criminales razias víricas no sólo nos sirven para aprender a combatirlas, sino que, de alguna manera, según apuntan los sociólogos, también cambian mentalidades colectivas. Como dice el viejo refrán: «no hay mal que por bien no venga”. Y es aquí donde vamos a entrar:

¿Es realmente Alicante capital una ciudad servicios y al tiempo turística? Desde luego lo fue cuando en la primera mitad del siglo XIX se constituye su capitalidad provincial independiente de Valencia o Murcia; y ya a principios del siglo XX con el ferrocarril y el asfalto, se la bautiza popularmente en playa de Madrid y parte de la meseta castellana, como lugar vacacional recomendado por la medicina higienista tanto para problemas respiratorios como epidémicos, aconsejando su benigno clima y los baños de mar. Todavía las viejas postales de fotos nos remiten al «tren botijo» y balnearios del Postiguet.

Pero con la Constitución de 1978 y la España de las Autonomías, Alicante pierde fuelle centralista por capitalino, quedándose apenas con la Diputación Provincial, y algunas subdelegaciones de Consellerías concentradas en Valencia Cap i casal, amén de las estatales que van cediendo competencias conforme avanzan y ocupan funciones administrativas las de la Generalitat Valenciana. Algo que generará un cierto rechazo, pero insustancial y nada resolutivo dado el poco peso de los perecederos partidos cantonalistas como aquel «Alicantón» que apenas duró un par de pronunciamientos. Los partidos mayoritarios a derecha e izquierda aceptaron, sin mucho rechiste, el mando piramidal desde los márgenes del final del Turia. Incluso se llegó a ironizar con que a los políticos alicantinos les cambiaba el chip cuando pasaban las fronteras de Dénia o Villena, convirtiéndose en acólitos valencianos o madrileños según la dirección que tomaran por su cargo función.

Así pues, la única trinchera independiente y reivindicativa sólo podía excavarse frente al consistorio municipal. No obstante, y como suele ocurrir en política, Alicante propone y Valencia y Madrid disponen. Alcaldes hemos tenido de todo signo mayoritario, pero ninguno que haya sabido y podido darle la vuelta a esta ciudad anclada en la melancolía.

Ni los planes generales de urbanismo preconizados por el primer alcalde Lassaletta, pasando por Luna o Alperi, y llegando al actual Barcala, han modificado (diseño, estructuras, viarios, edificabilidad…) del siglo XX, llevándola al XXI. No hay más que mirar a nuestras capitales vecinas para sumirnos en la decepción. Ni se nos considera noticiables la capital de la cuarta o quinta provincia de España, al punto de no salir (o un apenas) ni en los mapas meteorológicos que saltan de Valencia Murcia, cuando sí lo hacen cotidianamente Cuenca o Soria. Ni tenemos el peso específico de cualquiera de otras capitalidades con menor densidad poblacional y económica.

Es por todo ello que, Luis Barcala, recién iniciado su segundo mandato debe demostrarse lejos de la indolencia acogido al «dolce far niente», y echarse al monte de las reivindicaciones. Sobradamente sabe que apenas le falta un voto para la mayoría absoluta, y este préstamo de Vox lo tendrá a cambio de alguna canonjía municipal, y tridentinas declaraciones hueras que al día siguiente se olvidan desde nuestro impertérrito menfotismo liberal.

Que se sepa ninguna gran industria y/o empresa, desde aquella ignota del aluminio, se ha instalado en Alicante, y alguna pequeña y mediana tecnológica nos llega gracias a la universidad de Alicante, cicateramente atacada por la de Elche, ayer hermanas y hoy hermanastras en el binomio universidad y empresa, aún a sabiendas juntas obtendrían el doble. Tampoco se ha conseguido que esta ciudad con puerto, y después de remozado todo el Muelle de Levante nivele la dualidad de puerto con ciudad como sí que han hecho Algeciras, Barcelona y Valencia, etc. apropiándose gran parte del cabotaje del Mediterráneo español.

Ahora se habla de un centro cada vez más peatonal, pero poco se dice sobre aumentar las plazas de aparcamiento, a todas luces insuficientes, si queremos que la periferia acuda hasta la City comercial, y menos aun cuando extramuros proliferan las grandes superficies con las mismas franquicias dominantes del mercado textil, electrodomésticos y menaje hogareño, por no hablar de mastodónticos hipermercados que cubren cualquier necesidad humana a precios competitivos dado su volumen de ventas.

Hace tiempo que del edificio consistorial desaparecieron planos coloreados, acuarelas, montajes-photoshop y maquetas para ilustrar promesas (siempre anunciadas, nunca cumplidas). Hora va siendo de que tengamos un alcalde que no pase inadvertido, porque desde Agatángelo Soler (1954-1963), no recordamos alguno que haya removido los cimientos de la urbe, ni cambiado el espejo más visible de su fachada turística, seguimos sin amazacotar extrarradios y conexiones con/entre barrios, y la del verde ha quedado para las macetas.

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