Alicante, sin duda alguna, y desde el siglo XIX con la medicina higienista que trataba problemas de piel y respiratorios, ha sido la playa de Madrid, redoblando el tráfico tanto por carretera como por vías ferroviarias muy reducido en la posguerra, cuando el boom turístico a partir de los años 60 forzó a sustituir el «tren botijo» por maquinaria y vagones más acordes con los tiempos y la demanda viajera; mientras que a partir del verano de 1969 empezó a funcionar (por tramos) la autovía entre la capital de España y su costa más cercana.
50 años después todo aquello ha quedado obsoleto, como por otra parte parece lógico, a pesar de algunos remiendos y parches que, si no curaron atascos y retrasos, al menos fueron aliviando una circulación que en época vacacional se demuestra tan intensa como irresoluble dado el trazado de la autovía superpuesta a la antigua carretera nacional, o el viario aliviando los nudos ferroviarios de Alcázar de San Juan y La Encina.
La varias veces remodelada terminal hoy parece un remedo de sí misma con continuas superposiciones de servicios y cambios en la ubicación de nuevos carriles
Un accidente en vías férreas para la reparación de maquinaria, y para mayor dificultad dentro de un túnel entre Atocha y Chamartín, ha venido a demostrar el mal planteamiento y sobre todo la tardanza en ejecución de obras tanto de las estaciones madrileñas, como de la alicantina término. Empecemos por esta última: De la famosa estación intermodal en la «Casa de la Primavera» que diría Wenceslao Fernández Flores llevamos tantísimo tiempo oyendo hablar y sonar excavadoras que no sabemos si es un imposible o que las distintas Administraciones no les aprietan a las empresas ejecutoras de costosísimas obras públicas.
La varias veces remodelada terminal, inaugurada allá por 1858, hoy parece un remedo de sí misma con continuas superposiciones de servicios y cambios en la ubicación de nuevos carriles como para someter al pasajero, arrastrando maletas y familia, a una penosa yincana hasta llegar a los andenes de larga distancia; pero si esto no resulta lo bastante reprobable para Renfe y otras compañías arrendadoras de ferrocarril, lo que ya no tiene nombre, salvo cualquier sinónimo de «desidia» e inclemencia, es la distancia que se tarda en llegar como arrieros a la terminal de autobuses para hacer transbordo a superpoblaciones veraniegas cuáles son Benidorm, Torrevieja, etc., incluso y también si pensamos en el interior provincial: Villena, Alcoy, y otro largo etc.
Y si nos vamos al otro extremo, Madrid, tanto en su condición de eje neurálgico español, que ya soporta el mayor tráfico con el litoral levantino, sea para largas estancias o visitas de fin de semana, como y también punto de intersección y traslado hacia el resto de la península, resulta inconcebible, ya protestamos en su día que nos manden de la acostumbrada y cómoda Atocha, tan injertada en el medular madrileño, a Chamartín que nos queda a la otra punta del foro capitalino, con lo cual más acarreos hasta el suburbano, o costosos taxis porque no veo persona capaz de llegar a pie, y menos con equipaje de kilos, hasta, pongamos por caso, la Plaza de la Cibeles o la mismísima Puerta del Sol.
Claro que, para malpensados de la política, que somos muchos/as, también existe una lectura negativa de zancadilleo entre partidos de izquierdas en el Gobierno de la nación, y partidos de derechas en la Comunidad Valenciana y la Comunidad de Madrid. La responsabilidad más directa en este tema recae en el gobierno de Sánchez, con un ministro Oscar Puente al que alumbran pocas luces, por no decir ninguna. Él es el responsable de los ferrocarriles de vía ancha, y cada vez que abre la boca es para ciscarla, como en este último caso del túnel donde lo mismo circula un suicida que descarrila un tren con el consiguiente agravio en tiempo y en dinero para más de 18.000 personas durante el último fin de semana.
Pedir responsabilidades al PSPV, sobre todo después del fracaso de Ximo Puig, sería absurdo por inútil, puesto que asumen menor audiencia en el PSOE de Ferraz que un círculo de jubilados de la UGT. Y Compromís, ridiculizaba su dirección en la última asamblea, no tiene a nadie en el Congreso de los Diputados para apretarle las tuercas al Ministerio de Transportes, ni a ningún otro.
Sólo cabe encomendarse, unos a Dios y el resto al destino, para que un día en lugar del caos al parecer resuelto con interrogantes, no tengamos una desgracia en vidas humanas. Pagar a costa del contribuyente es asunto llevadero por acostumbrado, pero la muerte no contempla retorno. En cualquier país europeo este caótico traspiés hubiera supuesto la dimisión, cuando menos del ministro responsable, sino del propio presidente, pero en «Spain is different», con razón o sin razón, siempre se la carga el maquinista, nunca el tonto con cartera ministerial.