Pedro_Nuño_de_la_Rosa-PORTADA
De estas penosas lecciones de brutal grosería en el calidoscopio político madrileño, creo que debemos de aprender los alicantinos

España se parte otra vez, como cuando fuimos campo púnico, entre Roma y Cartago, Castilla y Aragón contra al-Ándalus, isabelinos contra carlistas, fascistas contra republicanos. Es una maldición como si tuviéramos en nuestra cultura idiosincrasia el estigma del guerracivilismo.

Por mucho que hayamos estudiado de nuestros errores del pasado, somos el pueblo, conjuntamente con los Balcanes, más propenso a repetir el encontronazo cainita y sanguinario.

Desde la ya cuarentona Transición hasta hace poco antes de la última convocatoria de elecciones a la Comunidad de Madrid, el centro político era el tesoro escondido y anhelado por todos en las urnas, como demostró el desmontador del franquismo, Adolfo Suárez; como se escoró a la derecha de una socialdemocracia de baja intensidad, Felipe González; como Aznar y Zapatero lucharon a brazo partido por una centralidad binomio de lo mejor de unos en la economía del mercado libre, y de otros en un mejor reparto de la riqueza y extensiva funcionalidad de los servicios públicos. Todos ellos tuvieron en sus ministros/as y equipos directivos, personas exploradas al otro lado de las ideologías presidenciales.

De estas penosas lecciones de brutal grosería en el calidoscopio político madrileño, creo que debemos de aprender los alicantinos

Pero hoy en día hemos vuelto a las andadas. De momento con la sangre en el ojo y en la metáfora: insultos de perros callejeros, cojones por encima de razones, la semiológica función fáctica sobreponiéndose descaradamente al apaciguamiento que poco antes de nuestra última Guerra Civil demandaban angustiosamente los Unamuno, Ortega y Gasset, Dionisio Ridruejo…, y tantos otros políticos de uno u otro signo, atemorizados por el tono del parlamentarismo bélico, incitación a la desobediencia y envío de cartas anónimas con amenazas criminales.

Hoy, estamos en las mismas: sobres con balas de Cetme (el fusil de la mili), altercado barriobajero con un «chuleta» Pablo Iglesias exigiendo por sus bemoles en un debate de la Cadena Ser que Vox condenara, escupiendo rayos y centellas sobre la balacera que le enviaron a él, a Marlaska y a la jefa de la Benemérita metidas en un sobre; a lo que la arquitecta «señora Monasterio» [sic de la moderadora Àngels Barceló], desde la derechona más escorada (que servidor haya estudiado el fascismo es otra cosa del más negro pasado italiano), le contestó con una inconcreta y etérea, más o menos: «yo condeno toda la violencia, pero empiezo por la que ustedes ejercieron contra nosotros en Vallecas; por cierto, allí donde «Pablo» [sic de la moderadora Àngels Barceló] se fue como un superhéroe cheli contra los «matones» (textual) para hacerlos correr pavoridos, pero el que se volvió arrastrando el miedo y protegido por los escoltas oficiales y privados, fue él propiamente. Y ya van dos espantadas, como los malos toreros, una en la calle y otra en un plató. No seré yo quien defienda lo de llegar a las manos, pero también entiendo que, si vas de macarra valentón con los brazos en jarras, y faltando, los no menos inciviles de enfrente puedan soltarte un ostión mismamente, porque entre pandilleros anda el comprometido juego de a ver quién los tiene mejor puestos.

De estas penosas lecciones de brutal grosería en el calidoscopio político madrileño, creo que debemos de aprender los alicantinos. Aquí bombardearon el Mercado Central (y esos sí que eran fascistas con carnet) causando muchos muertos y ríos de sangre que bajaban hasta la Rambla; aquí fusilaron a un José Antonio Primo de Rivera por ideología sin poder acusarlo de un solo delito de sangre; aquí en los campos de concentración de Albatera murieron ajusticiados, cuando no de frío, hambre y sed muchos inocentes republicanos; aquí nos declaró Francisco Franco «Provincia Traidora»; aquí mismamente nos abrazamos los contrarios cuando el entonces honesto Juan Carlos I en su primer discurso aseguró que iba a traer de nuevo la democracia.

Mala cara trae el perro, porque cuando Madrid estornuda, el extrarradio nos constipamos, por eso es la hora de pedirle a los políticos mesura del verbo en diferencia ideológica; convencer al pueblo sin satanizar al contrario; y jamás pasar de las palabras a los hechos, porque en apenas 100 años tuvimos tres guerras civiles que empezaron por soltarnos el morro, siguieron los garrotazos, y acabaron en miles de fosas comunes.

Alguien tendrá que parar esto, empezando por los principales responsables: los políticos, cuya cultura de cartón piedra, y dialéctica de tópicos para bordelindes mentales, debería mejorarse con un manual de urbanidad, que de urbanismo ya saben demasiado.

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