opinión Pedro Nuño
En reuniones familiares o de amigos, en el trabajo, los bares y hasta el autobús no se habla de otra cosa que sobre las repercusiones directas que la guerra de norteamericanos e israelitas contra Irán puedan tener

La distancia entre Alicante y Teherán es de 4.500 km por vía aérea y por carretera entre 5.500 km o 6.500 según la ruta que emprendamos. Hace unas semanas apenas podíamos pensar, ni pensábamos que nada de cuanto pudiese ocurrir en aquel viejo imperio indoario, reciclado en islámico pudiera afectarnos siquiera indirectamente. La antigua Persia, Beirut, Damasco… eran hermosas ciudades literaturizadas en las Mil y Una Noches, puro exotismo; nada que ver posicionalmente con los bloques enfrentados en aquella Guerra Fría y que al parecer vuelve a calentarse con un Irán mayoritariamente chií duodecimano, una de las ramas más integristas del islamismo y afecta sustantivamente a lo que ellos denominan «guerra santa», declarada a los infieles encabezados hoy por Estados Unidos arrastrados por Israel.

La primera guerra televisada fue la de Vietnam, y desde entonces ya estamos acostumbrados a retransmisiones bélicas en vivo y en directo (que no suelen afectarnos en la cotidianidad de los noticieros donde todo es real, pero puede parecernos (sin implicarnos) el corte de una película o telefilme).

Pero estos días en reuniones familiares o de amigos, en el trabajo, los bares y hasta el autobús no se habla de otra cosa que sobre las repercusiones directas que la guerra de norteamericanos e israelitas contra Irán puedan tener (ya están teniendo) sobre esta soleada, pacífica y diversa provincia en la Costa Occidental del Mediterráneo.

Entre Donald Trump y Luis Barcala

Me confirman que algunas gasolineras ya empiezan a tener problemas sobre todo en la aceptación por parte de los clientes en la subida en el repostaje cuyo primer ascenso ya marcan los surtidores. Por otra parte siempre habrá agoreros timoratos y asustadizos apocalípticos acudiendo a llenar el depósito hasta el tapón, o arramblando con lo que puedan en los supermercados y demás tiendas de menaje sin considerar lo inútil e inservible que supondría cualquier acopio casero de producirse una conflagración nuclear, a mi juicio impensable por los efectos recíprocos y sus brutales consecuencias colaterales. No estamos ante una de las acostumbradas gotas frías y sus riadas, siquiera ante un fenómeno sísmico, aunque seamos territorio propicio a ellos como demuestra la historia. Sin embargo con tanta insistencia televisiva nos están metiendo el miedo en el cuerpo como si mañana pudiera aparecer por nuestros cielos un misil iraní, sin añadir que eso es algo prácticamente imposible, salvo, como pasó en New York, o la militar presencia por estos pagos de un comando terrorista suní y por descontado: suicida, cuyo objetivo no podría ser otro que el regimiento guerrillero de Rabasa, ahora en alerta táctica como todos los destacamentos militares relacionados con la OTAN.

Aunque es fácil entender la preocupación de los alicantinos cuando el presidente del gobierno Pedro Sánchez un día se convierte en el pacífico paladín mundial con su falsario eslogan izquierdista: «no a la guerra», y al siguiente manda a Creta, zona sensible de conflicto, la mejor fragata de guerra española, y otro buque de repostaje.

Tarde, o mejor temprano el régimen de los ayatolás colapsará frente a todo el mundo, incluidos sus vecinos a quienes tampoco ha respetado bombardeándolos, y colocarán un nuevo régimen como ya pasara con el Sha de Persia. Por lo cual tendremos que ir desocupando nuestra despensa y nevera de guerra, reconociendo una precipitación improcedente.

En el ámbito de las especulaciones me preocuparía más que Marruecos nos monté un «Perejil» con alguna de sus amenazantes añagazas habituales para anexionarse Ceuta y Melilla. ¿Cuál sería la posición de Estados Unidos? ¿Y de Israel que desde 2020 ha firmado un pacto de amistad y cooperación «también de cooperación militar» con Marruecos?

Todo lo anterior son interrogantes salvo que se declarara una confrontación entre los occidentales y el mundo árabe, algo harto improbable dadas las divisiones que existen entre los propios países y sus culturas socio-religiosas-culturales, es por ello por lo que no entendemos la perturbación y ajetreo en los mercados buscando subsistencias, y mucho menos el aumento de precios en la alimentación. Vamos a calmarnos todos/as. La histeria sólo beneficia a los especuladores.

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