opinión Pedro Nuño
El ciudadano mira la tele, lee Internet, o escucha la radio en el coche, para enterarse (obligadamente) de la última senil ocurrencia del mandatario americano, y poco sabe o puede enterarse, de cómo está funcionando la gestión municipal en Alicante

Apostaría una carta de la baraja española contra todas las mesas de bacarrá en los casinos de Las Vegas a que Donald Trump no sabe dónde está Alicante, siquiera en su contexto provincial. Pero estoy tan seguro de que respiro como de que con simplemente garabatear el topónimo sobre un folio en la mesa del hombre más poderoso del mundo, al cuarto de hora míster Trump tendría más información sobre nosotros que la que pudieran reunir Pérez Llorca, President de la Generalitat, y el alcalde de Alicante Luis Barcala, juntos. Además un grupo de consejeros de primer orden, académico, político y estratégico esperaría solicito en la antesala, tanto para responder a cualquier asunto que pueda tener relación con los alicantinos/as, como para ejecutar las órdenes del «Boss» Donald Duck («el Pato»).

Sin embargo en nuestro entorno, ya sea familiar, profesional o de ocio cervecero, no se habla de otra cosa que de Venezuela y mayormente Groenlandia. Países lejanísimos, pero que en la actualidad parecen tan cercanos como Argelia-Marruecos o Francia y Portugal. Talmente se barrunta en mesas, barras y corrillos que lo que pueda pasarle la pseudodictadura del neochavismo petrolero como a la gélida, encantadora y pacífica isla danesa, es decir de la Unión Europea, sólo sería el inicio y muestrario de cuanto pudiera ocurrirnos al resto de comunitarios, incluida, perdonen la broma apocalíptica, la isla de Tabarca.

Todos los medios de comunicación sean de un signo u otro, inclusive los independientes, como se le supone al que estoy escribiendo, muestran unos signos tan alarmantes, yo diría que como en el año 1000 por comparación histórica, tras los cuales suenan las 7 trompetas bíblicas del Fin del Mundo anunciando la extinción del homo sapiens.

Alicante – Caracas – New York

Alicante «Casa de la primavera» como la definió don Wenceslao, ha dejado de ser la ciudad festera, presidida por un regidor de barraca (en la de los «Chuanos» lo conocí) y traca, amén de un alcalde acomodaticio con la sonrisa puesta como para contentar a todos, comprendida en el lote aquiescente una izquierda desarbolada por fratricida: los socialistas dada su ya larga falta de liderazgo claro; podemitas y sumandos porque el histórico Partido Comunista, principal aporte de votantes, ya anda harto de las discusiones bizantinas sobre si Alicante debe ser más gay, verde, «okupado», animalista y antitaurino, amén de otras formulaciones provenientes del neurasténico laboratorio de ideas del profesor-contertulio Pablo Iglesias y su mujer Irene Montero, transfugada a Europa tras un Ministerio de Igualdad, que no igualó a nadie y cabreó de la inmensa mayoría.

Ante tanta indolencia municipal, donde cualquier discusión, empezando por las ideológicas, parece amigable charla de refectorio, talmente reiterada en Les Corts o en cualquier Ayuntamiento o administración valenciana con participación de los políticos, el ciudadano mira la tele, lee Internet, o escucha la radio en el coche, para enterarse (obligadamente) de la última senil ocurrencia del mandatario americano, y poco sabe o puede enterarse, de cómo está funcionando la recién estrenada oficina contra los okupas; la cantidad de hispanoamericanos y magrebíes que se han quedado a trabajar de forma más o menos lícita; o si nuestras calles, cañerías y playas pueden superar una revisión de limpieza urbana.

Si Donald Trump hace la genocida imbecilidad de apretar algún botón o descolgar algún teléfono conectado a su Estado Mayor, y Putin o Xi Jinping le contestan o toman la iniciativa. Lo más probable es que Luis Barcala emprenda el camino de Los Justos, y todos los alicantinos vayamos tras suya. Por lo cual opino que deberíamos seguir nuestra cotidianidad de primera instancia y necesidades locales, al menos hasta el momento de ese refulgir apocalíptico. Lo de Trump ya cansa, lo de Barcala no alcanza. El primero no hará nunca nada que no pueda tener repercusiones sobre su propio pueblo, no olvidemos que Estados Unidos es una democracia; el segundo sí que es el responsable de que mañana tropezamos con un adoquín, la basura resulte pestilente por no retirarse a tiempo, o acepte propuestas discriminatorias por parte de Vox o de lo que fuera Ciudadanos que le han entregado el poder, pero no el cargo remunerado.

Parafraseando a Machado (o al más tatareado Serrat): siempre nos quedamos entre un Alicante que duerme y otro que bosteza.

1 comentario en «Entre Donald Trump y Luis Barcala»

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