Hace unos pocos años, todos lo recordamos, no existía el menor encono, todo lo contrario, con quienes, desembarcando en el puerto de Alicante, llevaban las vestiduras y atrezos musulmanes, muy distintas a las nuestras y ropas occidentales. Hoy, campaña mediática en curso, ya empezamos a mirarnos (mutuamente) bajo el filtro socio-confesional de las dos civilizaciones (aconfesional y mahometana) como si hubiésemos vuelto al medievo prebélico, es decir, cuando cada cual, cristianos, judíos y árabes, tenía su espacio urbano independiente en respetada y mutua convivencia socio-religiosa, pero ya empezaban a sonar en la lejanía los tambores de guerra por mor de la llamada, bien para unos, mal para otros: «Reconquista«, bajo la anuencia papal, cabeza de toda la cristiandad, de bendecirla como «Cruzada«.
Fue el entonces príncipe, Alfonso X El Sabio (1221-1284), quien, en 1243, tomaría definitivamente la ciudad (Medina Al-Laqant) y su empinado y estratégico castillo el día de Santa Bárbara, de ahí su nombre. Unas décadas castellanas, y después siglos bajo el Reino de Aragón hasta la batalla de Almansa en 1707, para dar paso al absolutismo borbónico, breve República con fuerte imposición en Alicante, el duro franquismo considerados como «provincia traidora», y vuelta a la democracia bajo una monarquía borbónica-constitucional.
En la enrevesada y alarmante situación más actual no debiéremos caer en la insorportabilidad «del otro»: «el moro», pues Alicante ha recibido perfectamente (y se ha beneficiado) de nuestros habituales visitantes oraneses sin ningún conflicto relevante; es más la ciudad está pespunteada de tiendas (tipo bazar) especializadas en los productos que buscan nuestros «turistas» norteafricanos.
Pero de repente se ha producido un punto de inflexión, cuyo origen está en el problema ceutí desde hace hoy un mes con la invasión de 80.000 personas desde luego, diga el Gobierno español lo que quiera, apoyadas y encauzadas por el Gobierno de Rabat, empezando por su sultán, cuyas recientes conversaciones con Pedro Sánchez desconocemos todos los españoles (negociaciones).
Y si acaso el enconamiento de Ceuta y Melilla se hubiese estancado en un par de playas emporcadas e intransitables para los bañistas lugareños, la cosa desde la distancia del estrecho se podía ir sobrellevando; pero, y esto ya empieza a ser muy preocupante, alguna alarma ha saltado primero desde el desembarco de algunos cayucos en Cartagena, pero ya y aquí empiezan a sonar todas de manera insistente cuando el desembarco ha sido en la mismísima Santa Pola, en línea recta 18,9 km de la capital Alicante. ¿Cuánto tardaremos en verlos irrumpir en el Postiguet, Albufereta o en la playa de San Juan? Es decir, en la territorialidad soberana de España que más y directamente nos atañe. Con no demasiado esfuerzo imaginativo intenten ustedes superponer la imagen de ese grupo de desarrapados (unos más que otros/as) sobre la playa El Trampolín y anexas, intercambiándola sobre nuestras arenas más cercanas. Sólo de pensarlo da pavor.
Dice Vivas, el presidente de Ceuta que el mecanismo de devolución puede ser fácil si después de la visita obligada de Felipe VI, hasta ahora paralizada por Pedro Sánchez, intervienen el ejército español y fuerzas de seguridad especializadas en disolver manifestaciones; ya nos gustaría creerlo, sin embargo, ese avistamiento costero de cayucos atiborrados de inmigrantes y próximos a la indigencia tan cerca nuestro, es la demostración palpable e incuestionable de acciones encubiertas («zona gris») por parte del gobierno marroquí enviándonos sobrante de parados y menesterosos: la canallada de un sátrapa insensible con sus súbditos más desamparados, mientras él se larga a su casoplón en París practicando como buen golfante de nacencia las «Mil y una noche» y en el «Kama Sutra«, amén de la cocina parisina con muchas estrellas Michelin.
Si los F18, varias fragatas y destacamentos legionarios expulsaron a los ocupantes moros de las islas e islotes Perejil, no entiendo por qué no repetimos una acción similar en contundencia, aunque obviamente con diferentes parámetros ofensivos a la hora de la ensayística militar, pero no por ello menos resolutivos.
Después de lo de Santa Pola, en Alicante, extensible a toda la Comunidad Valenciana, ya no debemos mantener este actual exceso de cautela ante el bombardeo mediático que no para de redundar, sino miedo real, llamémosle «precaución psicosocial» si se quiere, ante un desembarco indiscriminado. Todos sabemos, menos el Gobierno central, que, si llegan unos, vendrán otros muchos, porque como decía el torero: «más cornadas da el hambre».