opinión Andrés Maestre
La política, lejos de convertirse en un dique de contención, se transforma en un campo de batalla donde los desastres son munición

El barro y el fuego no son metáforas. Tampoco las trombas de agua ni los muros que se derrumban. Durante años los periodista hemos usado estas imágenes literarias como recurso para describir la crudeza del enfrentamiento político. “Incendio en el congreso”, “se mete en el barro”, “tormenta política”… Sin embargo, cada vez es más difícil separar el lenguaje figurado de la realidad. La naturaleza golpea con fuerza, y la política, lejos de convertirse en un dique de contención, se transforma en un campo de batalla donde los desastres son munición.

Los responsables públicos, en lugar de actuar con serenidad y eficacia, parecen encontrar en cada desgracia una oportunidad para subrayar las carencias del adversario. Lo que debería ser un momento de unidad se convierte en un espectáculo de acusaciones cruzadas. Las emergencias no sirven para coordinarse, sino para exhibir la descoordinación del otro. Lo que aflora en este ambiente de politiqueo es la farsa del entramado institucional: demasiadas competencias repartidas entre demasiados incompetentes.

El polvorín y la corta memoria de quienes gobiernan

Cuando ocurre una tragedia, los ciudadanos esperan que los días posteriores sirvan para organizar soluciones, para poner en marcha medidas urgentes, para tender la mano a quienes lo han perdido todo. Pero la realidad es otra. Los días siguientes a la tragedia se utilizan para diseñar el guion de la confrontación. Y cuando finalmente llegan a la “zona cero”, no llegan con planes de ayuda o propuestas de recuperación, lo hacen con discursos preparados para colocar torpedos en la línea de flotación del rival.

Pedro Sánchez, Óscar Puente, Marlaska… y toda la artillería gubernamental por un lado. Por el otro, el Mañueco o el Carlos Mazón de turno. Aquél que está en el lugar y en el momento donde ocurre la tragedia. Y que, dicho sea de paso, pone de relieve su torpeza en la gestión de la emergencia -en la prevención, en el antes y el después- y se alinean con el bando contrario para entrar en esa absurda y maquiavélica etapa de buscar culpables. Repasan hemerotecas para recuperar discursos de unos y otros, o votaciones donde se suprimieron partidas presupuestarias, todo por ganar el relato. «Mirad que ineptos son», nos dicen.

Mientras tanto, la gente sigue con el agua al cuello, entre escombros, con barro en sus garajes o con el humo de los incendios impregnado en la piel, en el mejor de los casos. Eso parece secundario. El verdadero objetivo de los políticos es la próxima cita electoral, no la próxima reconstrucción. El poder como obsesión, la foto como necesidad y el ciudadano como daño colateral al que poder utilizar si encuentran a quien entra en el perverso juego propuesto y les defiende en las redes.

Así nos va: cada catástrofe se convierte en escenario de campaña, cada emergencia en un plató improvisado. Y entre tanto fuego cruzado, los únicos que se queman de verdad son los afectados, y los sufridos contribuyentes.

1 comentario en «El barro, el fuego y las incompetencias»

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