Las relaciones entre la Generalitat Valenciana y la Universidad de Alicante nunca fueron buenas. Todo empezó allá por la apertura de curso en 1996, cuando Eduardo Zaplana presidente de la más alta institución política de nuestra Comunitat, quiso presidir la mesa de autoridades, por cierto, como ya había hecho en alguna que otra universidad, y el entonces rector Andrés Pedreño (socialista) no le permitió al político sentarse en el sillón presidencial alegando que le correspondía a él como máxima autoridad académica del campus.
Viví aquel encontronazo porque en mi periódico me mandaron a informar advirtiéndome que podría haber lío entre personalidades tan fuertes. Y lo hubo, al punto de que si no se llegó a las manos fue muy poquito, aunque recuerdo haberme llevado algún empujón por ambas partes cuando intercambiaban iracundos reproches, protocolos en mano contradictorios dependiendo de qué parte de los esgrimiese.
Lo importante para nosotros es que nadie que quiera estudiar Medicina deje de hacerlo por enredarse la política con la Universidad
Zaplana y su guardia de Corps salieron del hemiciclo por patas, pero jurando venganza. Carlos Mazón (hoy president) y José Antonio Rovira (hoy conseller de Educación) lo acompañaban tragándose el desafío perdido, y en convicción de un resarcimiento que debía comerse en frío, según el adagio árabe.
Medio año después de la Generalitat anunciaba la creación de un nuevo campus universitario en Elche con Medicina como carrera de enganche. Nada podía dolerle más a Pedreño que verse despojado en su engreimiento despótico del poder omnímodo universitario en la provincia de Alicante, y nada podía satisfacer más a los ilicitanos que equipararse en estudios superiores con la capital.
Por aquellos años todavía quedaban rescoldos, más bien futboleros, de la sempiterna aversión habitual entre ciudades y pueblos lindantes, recuérdese Elda versus Petrel; la histórica Orihuela frente a la creciente Torrevieja; como la fabril Alcoy en relación con la nobiliaria Cocentaina. Pero con la emigración y su obligada expansión urbanística la convivencia y cercanía inmediata entre la segunda y la tercera ciudades más importantes de la Comunidad Valenciana fueron limando viejas inquinas chovinistas. El aeropuerto de El Altet podría ser un buen ejemplo de cómo los ilicitanos al estar en su territorio municipal lógicamente lo sienten propio, pero cuando viajas por esos mundos en los paneles de destino o llegada rotula: «Alicante». Y ya rizando la nominación lírica además lleva el emblema y figura de nuestro gran poeta oriolano Miguel Hernández.
Precisamente para compartir laboratorios, centros de experimentación, incluso instalaciones deportivas, amén de otras forzosas ampliaciones respectivas se adoptaron terrenos municipalmente intermedios para dar cabida a las pertinentes necesidades de cada cual. Por otra parte, el hospital de San Juan pueblo, paradójicamente sustancial centro de atención hospitalaria y de consultas especializadas a los alicantinos capitalinos, lleva en su escudo de armas el anagrama y mando de la ilicitana Universidad Miguel Hernández, con edificio anexo donde se imparten todas las clases, y muchas prácticas, para obtener el título de Licenciado en Medicina y Cirugía.
La cosa podría haber seguido así otros 25 años más, hasta que la Universidad de Alicante, presa de un arrebato corporativo, dice que quiere una Facultad de Medicina única y propiamente bajo el dominio del campus de San Vicente, hoy en día y por extensión, más campus de Alicante. Y claro se monta el pollo jurídico cuando Elche denuncia lo que a su juicio es pretensión innecesaria. Primero, por un interés económico, dado que las facultades de medicina públicas tienen las mayores aportaciones económicas por parte de las administraciones estatales y autonómicas. En segunda instancia por la merma de alumnos que una nueva ubicación con todos sus servicios y complementos pueda perjudicarle.
La Generalitat se aparta del litigio interpuesto por Elche, y en el que jugaba a favor de la nueva facultad de medicina alicantina, tomando una decisión salomónica: «Que haya, por fin, un gran campus sanitario provincial», es decir, juntos y revueltos, pero sin aclarar cuál de los dos rectorados asumirá el cetro, añadiendo, pienso que ladina o ingenuamente que dicho poder (instalaciones, camas, material quirúrgico y para exploraciones, personal, etc.) puede ser compartido. Conozco el mundo universitario, sigo siendo profesor, y allí los navajeos, trampas y luchas por el poder departamental son más duras todavía que la política, quizás por eso los políticos no hayan podido solventar el enconamiento entre rectorías: «ni una palabra mala, ni una obra buena» que se decía que Juan Pacheco el maquiavélico marqués amigo o enemigo de los Reyes Católicos según su conveniencia.
Para Elche, según me cuentan mis amigos ilicitanos, que siempre me invitan a su Nit del alba, esa es, por fin, la venganza que se come fría por parte de los dos educandos de Zaplana. Y por parte de los alicantinos que la renuencia «elchera» mañana no tendrá sentido, como no lo tiene hoy atribuirse solitariamente el aeropuerto de El Altet.
Como siempre la solución en manos de los tribunales (TSJ), las prótesis legales; si bien mucho me temo una sentencia bizantina y que las cosas sigan como están; al fin y al cabo, los dos rectores, ella y él, deben acudir al despacho de José Antonio Rovira para pedir presupuesto y suplementos. Quien tiene el dinero, aunque sea delegado en votos, tiene la fuerza. Ampliar, por una parte, y prometer por otra, será la táctica de Carlos Mazón después de esta tormenta de verano. Lo importante para nosotros es que nadie que quiera estudiar Medicina y otras carreras colaterales como Enfermería, deje de hacerlo por enredarse la política con la Universidad y viceversa, que ese sería otro paño que cortar.