Opinión Pedro Nuño
Cuando se creó la exigencia de equiparar ambos idiomas, el gasto en todos los ámbitos: pedagógico, medios de comunicación, cartelería, documentación normalización lingüística, etc., subió notablemente

Alicante provincia diversa y extensa con zonas valenciano-parlantes, castellano-parlantes y mixtas que han llevado su bilingüismo con absoluta naturalidad, inclusive en tiempos de la dictadura franquista cuando el valenciano fue depreciado a niveles de vulgarismo idiomático (no voy a entrar en la discusión sobre el catalán, el lemosín o cualquiera de las lenguas romances que desde el latín aportaron gramática y vocabulario autónomo y autóctono al valenciano contemporáneo, cuyas variantes también van por zonas lingüísticas e isoglosas.

Cuando se creó la exigencia de equiparar ambos idiomas, el gasto en todos los ámbitos: pedagógico, medios de comunicación, cartelería, documentación normalización lingüística, etc., subió notablemente

Cuando recuperamos la democracia, y mayormente por querencia e impulso de la intelectualidad y, el corpus didáctico y el entramado político volvimos a rescatar lo que hoy se entiende como «lengua vernácula». Si bien, en algunas comarcas fue revivir en libertad la comunicación hogareña, pongamos por caso L’Alcoià, Petrer o Les Marines…, mientras que en otras como la Vega Baja, Elda, Villena…, era apósito, eso sí, con la mejor de las voluntades reparadoras frente a un potentísimo «español» hablado por más de 500 millones de habitantes.

Alicante capital que hablaba y escribía castellano con una fonética singular y desde el XIX (Altamira, Arniches, Gabriel Miró, Cerdán Tato, Fortea, etc.), dejando un valenciano muy corrupto idiomáticamente para los barrios y connaturalmente clases populares de bajo nivel adquisitivo y por ende educativo. La juventud más concienciada y rebelde en la senectud del general dictador, tenía su grito de guerra («No, diguem no») en las canciones-protesta de Raimon y Ovidi, pero poco más en el ámbito cultural, dónde y por cierto había sobrada oposición en la lengua de Nebrija al autoritarismo que imponía su centralismo filológico desde las escuelas primarias a la universidad. Todavía recuerdo que fuimos la primera promoción de Filosofía y Letras en la Universidad de Alicante, rama denominada «Filología Catalana», cuando sólo dos profesores y tres alumnos hablábamos valenciano catalanizado (que yo aprendí en la Facultad de Periodismo barcelonesa). Y de eso no hace tantas décadas.

Hoy el nivel económico-social se ha elevado al tiempo que desde las distintas administraciones públicas se impulsa el conocimiento del valenciano en el espacio aulario y desde edades muy tempranas, sin embargo, en las casas se sigue hablando castellano, se ve la televisión en castellano y lógicamente se piensa en castellano. Apenas una comprometida «progresía», que curiosamente ha conversado en «español» toda su vida (obviamente ambos lo son) se preocupa porque sus hijos sean tan bilingües como un canadiense de Quebec o un checo de Praga, pero muy raramente se queda en bilingüismo sin practicarlo con naturalidad en los recreos y tiempos de asueto. Conocen el valenciano como una seña de identidad autonómica diferenciadora, al igual que el inglés para una interrelación futura y más globalizadora (en la actualidad no saber esta lengua y dominar los principios de una informática cada vez más compleja, es ser un «analfabeto/a»). No hay más que ver como dominan los menudos tabletas y teléfonos móviles con un conocimiento y soltura que ya quisiéramos para nosotros sus mayores.

Los políticos que siempre están al loro, aunque no a la sapiencia de la calle, han aprovechado esta evidencia social para cargar contra el enemigo, más que adversario, y desde Compromís, lógico, al PSPV y los deficitarios poemitas, se han revuelto contra el PP dominante auxiliado por Vox. El conseller de Educación, José Antonio Rovira, nacido en San Vicente y profesor de la UA, propone que sean las familias, y no el brazo tonto de la ley (ordenanzas obligadas), quienes decidan e impongan en qué lengua prioritaria quieren que estudien sus hijos/as; lo cual no obsta para intercalar alguna asignatura en la lengua más desfavorecida, cuya extinción debe evitarse a toda costa por ser patrimonio inmaterial al tiempo que nuestro distintivo en la España de las Autonomías.

Choca así la apriorística e impositiva voluntad de los gobernantes, antes coalición de izquierdas y nacionalistas, con la decisión del ciudadano padre o madre de rango familiar, en gran parte responsable de la mejor formación de su decendencia, y cuyo reciente cambio de orientación se plantea entre quienes se mueven ideológicamente del centro a la ultraderecha, es decir desde un liberalismo que prioriza al individuo sobre el Estado y sus poderes correlativos.

Obligadamente cuando se creó la exigencia de equiparar ambos idiomas, el gasto en todos los ámbitos: pedagógico, medios de comunicación, cartelería, documentación normalización lingüística, etc., subió notablemente también en profesorado vernáculo, material escolar, etc.; tutoría profesoral que hoy protesta ante el temor de perder sus puestos de trabajo, algo que no tiene por qué suceder, basta con disminuir la ratio del alumnado, con lo cual, y además se impulsará el mejor conocimiento, en este caso, de un valenciano que practican suficientemente durante toda su trayectoria escolar y universitaria.

Valenciano, por supuesto, pero dejemos que sean los padres quienes elijan prioridades y centros educativos (en la medida de lo posible y de lo compartible). Todo lo demás son castillos en el aire y artificiosas guerras de papel. De niño se tiene una facilidad innata para aprender cualquier idioma, pero conforme nos hacemos mayores admitimos menos gravámenes idiomáticos o de cualquier otro rango. Por eso los gobernantes deben administrar para la mayoría que los eligió, a ser posible asumiendo también las peculiaridades minoritarias. En las últimas encuestas realizadas desde la cientificidad, el porcentaje en Alicante capital de valenciano-parlantes, era del 4%.

O sea, datos son amores y desamores: ustedes mismos.

1 comentario en «¿En qué hablamos los alicantinos?»

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