Desde bien pequeño he escuchado variaciones del valenciano, del catalán, incluso de mixturas lingüísticas. Teresita, nuestra costurera y bordadora (entonces las había) hablaba un valenciano muy de Alicante con esa fonética tan distintiva, pongamos por caso de la alcoyana, o de la puramente capitalina de Valencia a donde fui para acabar el bachiller, recalando después en Barcelona (trabajo y estudios), hasta volver a Alicante para finalizar la carrera de Filología en la que una de las asignaturas impartidas era el «catalán», que no valenciano por no estar entonces oficialmente reconocido como tal, sino como suplementario diferencial del primero.
Cuando escucho hablar a cualquier paisanaje, suelo responderle en su lengua de nacencia o de aprendizaje posterior, simple y llanamente porque mi cerebro, como aprendí en psicolingüística, puede cambiar el chip de la forma más automática y racional sin dificultad alguna, cuál es el caso de una mayoría. A veces se me escapan vocablos o pronunciaciones por las cuales el oyente me dictamina como valencianoparlante o catalanoparlante, pero, y hasta hoy, sin ningún tipo de animadversión o reproche, salvo que sea militante en uno de los bandos idiomáticos versus el otro (intolerancia).
¿Debemos depreciar el valenciano-alicantino en favor del español al que le sobra ventaja en cientos de millones de hablantes?
Todo este enconamiento entre el valenciano y el catalán nace con el iniciático y militante nacionalismo de derechas en época de Lizondo (Unión Valenciana) marcando desde el Cap i Casal fronteras idiomáticas y hasta antropológicas del del Ebro hasta el Segura. Ciertamente a aquellas Alianza Popular o la UCD les importaba un pito lingüístico, mientras que las izquierdas tenían un deje pancatalanista por aquello de Països Catalans como otro referente añadido contra los rescoldos del franquismo. Aunque, seamos honestamente historicistas, ni un bando ni otro hablaban y escribían según el posterior unificador dictamen de Pompeu i Fabra, quien formuló su gramática precisamente para unificar lengua y dialectos desde Andorra o el Rosellón a Tortosa, o desde Girona a Barcelona de la Renaixença burguesa y modernista. Disciplina lingüística a la que fuimos ajenos, tampoco contaron con nosotros los valencianos, con la excepción de algunos intelectuales de izquierdas, si bien conservaron muchos modismos (fonética, vocabulario y construcciones gramaticales) puramente levantinos.
Con el nacimiento de formaciones político-nacionalistas de izquierda moderada como Compromís, también sufragada desde Catalunya, se volvió a rearmar el triángulo con Balears y el País Valencià, sin embargo, las urnas apenas le dieron peso parlamentario, excepto como apoyatura a los socialistas que impusieron la normativa de una recién inventada precipitadamente Academia Valenciana de la Llengua; es decir un acomodo academicista, y por ende minoritario, más cercano a lo que propusieron antes vascos y catalanes (marcando diferencias con «lo español») que idoneidad en la tradición oral propia.
Alicante, si exceptuamos sus universidades y ciertos círculos eruditos/progres (sin faltar), sigue hablando su valenciano de antaño, claramente contaminado por la castellanización, esencialmente borbónica y ya no digamos franquista con la gran migración de la España agrícola a turística. Playa de Madrid y de la meseta, lindante con Murcia, sin isoglosas (como Elda-Petrel, Villena-Banyeres, Orihuela-Crevillente, etc.), pero como un dialecto más propio de los barrios señeros que del centro histórico o extramuros del antiguo casco urbano donde la burguesía había impuesto el castellano como lengua dominante implantada en más de 20 países del globo terráqueo.
¿Quiero decir con todo lo anterior que debemos depreciar el valenciano-alicantino en favor del español al que le sobra ventaja en cientos de millones de hablantes? En absoluto, el «valencià» deberá ser recuperación obligada sobre todo para las nuevas generaciones, si bien tan diferenciado del catalán normativo, como es el americano del inglés, y no digamos el spanglish. Primero porque si tenemos un Gabriel Miró, Miguel Hernández o Gil Albert, con elenco añadido, también resulta orgullosamente encomiable contar en nuestra nómina con Enric Valor, sin ir más lejos, lógicamente la desproporción tenía que ir acorde no solamente con los hablantes de una u otra lengua, sino también con su nivel cultural.
Valga como última reflexión, atendiendo a la ciencia demoscópica, cómo una encuesta actualizada preguntando a los valencianoparlantes alicantinos si saben escribir correctamente en el valenciano estipulado por la Academia Valenciana de la Llengua, probablemente nos encontraríamos con una diferencia abismal. Pero, y eso también hay que decirlo: resoluble.
Aunque tal como se están poniendo las cosas últimamente (o de nuevo), más vale que el conseller sanvicentero José Antonio Rovira, persona inteligente y dialogante, llegue a un acuerdo con los académicos valencianos multidisciplinares, sellado entre ambas autoridades, y no sigamos en polémicas bizantinas sin saber en qué lengua «parlem» y dialogamos los alicantinos, castellano aparte.