El ilicitano José Navarro Esclapez, parece cuarentuno con incipiente barba (descuidadamente cuidada) ahora tan de moda, y planta de ejecutivo-agresivo, licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, además del clásico «Master del Universo», en este caso Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idioma, al que el alcalde de Elche, Pablo Ruz, además de concejal de Recursos Humanos, Deportes y Seguridad, le dio la portavocía adjunta del PP, que es el partido con mando en plaza del tercer municipio de la Comunidad Valenciana.
Pues bien, a este madurito, que ya antes había ejercido un cargo tan responsable y distante de componendas como gestor tributaria municipal, resulta que en días de santidad y recogimiento populares como manda la Semana Santa se le han ido «las bolas» unas cuantas «estaciones», más o menos y conjeturando que por estar inmersos en recogidos tiempos de pasión y muerte transitando viacrucis: como manda la liturgia es 15 estaciones: 14 de liberalismo fulgor surrealista obnubilado por el poder, y una de muerte política o dimisión.
Se metió, Viernes de Dolores, en la Iglesia del Salvador, más chispado que Judas en el Huerto de los Olivos intentando que el morapio le permitiese olvidar la gravísima traición al Maestro Jesús entregándole a una muerte segura
Victoriano Fernández de Asís, el mejor periodista que conocíamos por aquellos estertores del Régimen y a quien el franquismo permitía cierto margen de libertad cuando entrevistaba, pongamos por caso a un ministro con camisa azul y coraje, o con cartilla numeraria del Opus Dei, siempre empezaba su pregunta con un: «Señor ministro, dicen, yo no me lo creo… Y después le lanzaba una serie de documentadas interrogaciones de las que malamente podía salir el corrido entrevistado, quedando en evidencia su mala gestión.
Haciéndome eco de los clásicos, pues todo saber proviene de ellos: «dicen, yo no me lo creo».., que este concejal al que le sobra verbo y planta para cortejar a las mozas, aunque (supongo) no debiera estando casado; pero, pequeñas y humanas infidelidades aparte, parece que tampoco le sobra la moderación alcohólica que públicamente debe adornar a cualquier representante electo del pueblo, el menda se metió, Viernes de Dolores, en la Iglesia del Salvador, más chispado que Judas en el Huerto de los Olivos intentando que el morapio le permitiese olvidar la gravísima traición al Maestro Jesús entregándole a una muerte segura, mientras el espía doble defendía a los infiernos. Me cuesta imaginar al concejal Navarro, siquiera con algún Scotch añadido de más y tras jocoso cenorrio, metiéndose en lugar tan sagrado, zigzagueando su conveniente estabilidad, oratoria pastosa e incoherente, y circunstancialmente más atacado de bragueta que el mejor semental de las caballerizas inglesas. Pero dicen eso…
Si difícil de asumir nos parece esa profanación en la Casa de Dios de los desatados íncubos salidos de la entrepierna del regidor, lo que ya raya en las procacidades del Marqués de Sade y sus depravados amigos, o del mismísimo Bukowski en búsqueda de nuevas experiencias sexuales, es que, vuelvo a insistir, en lo que dicen, pero yo no me lo creo, quienes han denunciado a este Don Juan de: «a los palacios subí, yo los claustros escalé y en todas partes dejé memoria amarga de mí. Ni reconocí sagrado, ni hubo razón ni lugar…» Asegurando sus compañeros porteadores que debajo del mismísimo trono de un Cristo fustigado, y a eso de las cinco de la madrugada el concejal incontinente se lio en largo y supongo que feliz coito, empomándose junto a una columna con una señora de buen ver y atuendo Honky Tonk Women, metiéndose después tras los faldones del paso, y finalmente saliendo victorioso arremangándose pantalones y peinándose la raya peluquera mientras la otra cubría su parcial desnudez (hay cintas grabadas de compañeros-costaleros explicando el polvo Sacro que trajo estos lodos para el Partido Popular), cuyo alcalde tancredista, y buen amigo del Apolo desbocado, después de varios intentos de cubrir el escándalo ya extendido por todo Elche, y reverberado a España para mayor risión general, no ha tenido más remedio que, tras otra llamada del presidente Mazón, dimitir a quien acaba de batir el récord Guinness saltándose casi todos los mandamientos evangélicos.
Cuánto hay de verdad o de imaginación popular lo dirán los tribunales porque el atribulado exconcejal, una vez sereno y trajeado afirma que se va a querellar contra todo Cristo viviente (imagino que la imagen no es justiciable) que presenció y nos contó extensa y cumplidamente tan procaz suceso; supongo que también querrá sentar al banquillo de los acusados a todos los medios de comunicación que se hicieron eco de su hazaña, y que son muchos, tal vez demasiados.
Todo esto me retrae a la novela erótico-picaresca del Barroco español; al falaz engreimiento del poder, sea político o económico, de un presidente o del último concejalillo; y a la «Celtiberia show» de Carandell. Pero también podría ser triste donde vaya a parar el matrimonio de José Navarro, la pública fama ilicitana de su gozada y gozosa partenaire («L’amore è un attimo»), y por extensión de su familia (Elche todavía tiene su resquicio locuaz de ciudad antigua), y ya no digamos el tocado prestigio de esa su Hermandad, que ninguna culpa tuvo.
Ya lo advirtió hasta cansarnos Stevie Wonder, «si bebes no conduzcas», y mucho menos un paso de Semana Santa. ¡Señor, qué Cruz!