Abascal ha venido Alicante, la ciudad donde murió fusilado José Antonio Primo de Rivera porque el general Franco no quiso canjearlo. Eran otros tiempos de guerracivilistas inclementes, de odios fratricidas (el peor de los rencores despiadados) y de sangre y fuego cruzado con miles de muertos en ambos bandos.
Considerados «provincia traidora» por el autoproclamado «Generalísimo», permitió a los fascistas italianos bombardear el centro de la capital tiñendo de rojo desde las escaleras del Mercado Central hasta la Rambla de Méndez Núñez. Un horror que apenas algún nonagenario podría recordar en vivo y en directo.
La tendencia más reciente de los alicantinos se demuestra palmariamente en la composición de su actual Ayuntamiento
Hoy, la izquierda y los independentistas se empeñan en machacar a Vox con el insultante vocablo de «fascistas», algo trapacero y mentiroso por comprobadas razones históricas e ideológicas.
En primer lugar, «fascista» era Mussolini, no el falangista José Antonio, como tampoco el «nazi» Hitler. Todos ellos apoyaban el nacional-socialismo, y el partido único contrapunto europeo de la Rusia ya soviética.
Que yo sepa, o si ando equivocado me lo expliquen, Santiago Abascal no vino a Alicante para hacer apología de ninguno de los citados anteriormente y sus correligionarios, sino de la Unión Europea cada vez más derechizada, eso sí, democráticamente, ¿o las urnas sólo dependen del color con que las miramos? ¿hay ultraderecha, pero ultraizquierda ni mentarla? ¿están aducidos (o son tontos de nacencia) los ciudadanos de países tan antiguos como Italia, Francia y Alemania, el triángulo escaleno que domina la Europa de las naciones?
A Vox tendrán que ganarlo con las ideas, pero nunca con la descalificación apriorística ni con el desprecio a quien no piensa como tú, ni se somete al dictamen pactista de la fragmentación de un país que lleva unido desde que los Reyes Católicos tomaron Granada, incluso más sellado (si cabía) desde el final de las guerras carlistas.
Por eso, y desde de la contemporaneidad, Abascal mete en el mismo cóctel revisionista al PP con el PSOE; claro que con una contradicción más que manifiesta, pues los suyos gobiernan con los de Feijóo en varias comunidades autonómicas. Pero estamos a días de unas elecciones y todo vale, desde chapotear el recurrido «fango» que tanto gusta a los cerdos, o presagiar el apocalipsis democrático si no dejamos tuerto el ojo diestro. Con lo cual, como enseñan los ópticos, perderíamos la perspectiva.
La tendencia más reciente de los alicantinos se demuestra palmariamente en la composición de su actual Ayuntamiento donde Barcala y sus 14 ediles gobiernan si con el apoyo de 4 concejales de Vox, frente a los 11 que juntan a socialistas, nacionalistas y un filocomunista. Entonces y según la argumentación maniqueísta del sanchismo y adláteres, ¿ahora dirige esta ciudad una panda de redomados fascistas? ¿Éramos la República de Luxemburgo (1918) cuando gobernaban los socialistas desde Lassaletta a Echávarri? Ni lo uno ni lo otro, estamos, o al menos eso creo, en una democracia formal y formalizada desde 1978.
Y si somos demócratas hay que admitir a Vox o llevarlo ante los tribunales constitucionales, pues como señaló el parisino enciclopedista Helvecio: «Desapruebo lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo». Personalmente nunca votaría a Vox, pero también dejaría de escribir en los medios de comunicación si fueran anatemizados y expulsados de nuestro sistema parlamentario. Repasen el ideario de esta formación política, no hay ni una coma anticonstitucional; otro asunto es que muchos de sus pronunciamientos nos desagraden, pero eso se soluciona fácilmente cogiendo otra papeleta que desmonte su argumentario y combatiéndolo en los foros públicos.
Sin embargo, y como proclamaban los surrealistas (mayormente de izquierdas): «Prohibido prohibir».