Lo ocurrido Jumilla no es más que la negación de la evolución de las sociedades y la necesidad de control sobre ellas de una forma determinada que responde a criterios ideológicos completamente desfasados.
¿Cuántas canchas se utilizan para bautismos de testigos de Jehová? ¿Cuántos recursos y espacios públicos se ponen a disposición de las cofradías y celebraciones religiosas de toda índole a lo largo y ancho del territorio? Muchas sin duda, pero cristianas.
El problema radica en la identidad nacionalista, surgida de la fundación de los estados nación. Modelos obsoletos que usan las religiones como la base, médula y sustancia, definitorios de sociedades en connivencia con el poder político al que legitiman de forma sobrenatural, elevando estos poderes por encima del pueblo que hasta hace pocas décadas era analfabeto, pobre y sometido a los entes que pretenden definirlo.
Conceptos decimonónicos que no se ajustan a la realidad actual. Aun así no tenemos una separación efectiva de iglesia/estado y las religiones siguen teniendo un poder moral sobre la población que no les pertenece. Se sigue inoculando esta unión religioso/política aunque sutilmente, sobre todo en forma de celebraciones desprovistas de su verdadero significado, convertidas en folclore, costumbres o tradiciones de consumo turístico, en las que se invierten ingentes cantidades de recursos públicos empeñados en construir un sentimiento unitario como si no existieran variables. Costumbres excluyentes puesto que no forman parte del sentir de millones de españoles, pero que se ven obligados a «celebrar» porque fueron acuerdos del estado con el Vaticano en 1979, negociados en secreto. Convirtiendo así algo que formaba parte de un sistema represivo en lúdico, aparentemente sin importancia pero que continúa generando suculentos beneficios a una confesión concreta, la válida.
Nuestra cultura identitaria se ha forjado en base a leyendas, como la batalla de Clavijo, Pelayo, El Pilar, Santiago, El Cid… o la construcción ideológica de la reconquista, de la que también existe una simpática fiesta, la de Moros y Cristianos que pese a su aparente inocencia refleja como ninguna el señalamiento al enemigo común del auténtico español: el musulmán. En un país inexistente que se supone estaba guiado por Dios para salvar occidente. Tan épico como ridículo y que a día de hoy son los glóbulos que corren por la sangre de muchos tras siglos de catecismos patrióticos. El peligro de utilizar la historia para legitimar políticas.
Lo que olvidamos en el debate y más importante, es que por suerte vivimos en un estado de derecho, imperfecto quizá, pero donde las religiones no están por encima de los derechos, donde se protegen las creencias de los ciudadanos sin discriminación alguna, que es lo que se está produciendo ahora. Puedo creer en Dios, Bob Esponja, Carlos Jesús y tengo derecho pleno a celebrar el Año Nuevo chino, el Día de los muertos, Halloween o San Patricio en lugares públicos, seguros, en convivencia y participación. Porque lo que destruye la sociedad es precisamente el pensamiento supremacista, la creencia de que un sentimiento religioso/patriótico te hace español de bien.