opinión Nuño
Renfe ha decidido por cuenta y riesgo del Gobierno central que únicamente devolverá el 50% del importe del billete, en tren alta velocidad o larga distancia si el retraso supera una hora de espera

Han pasado 22 años desde que España desempolvó su nombre de la Historia Contemporánea. Olimpiadas en Barcelona, con el actual rey, entonces príncipe heredero, como portaestandarte de la insignia patria; Exposición Universal Sevilla convirtiendo los tópicos románticos de Mérimée en estructuras racionalistas de Calatrava. Cumbres latinoamericanas. Y el convencimiento universalizado de que éramos el extremo sur de una de las dos Europas. Naturalmente tuvimos que echar un órdago demostrativo ante el mundo de las comunicaciones terrestres, entonces lideradas por los famosos “tren bala” japoneses, a los que siguieron Italia (Direttisima) y Francia (TGV). Y esa
apuesta no fue otra que el AVE, inaugurado entre Madrid y Sevilla.

El entonces monopolio de Renfe, cuyo único invento e innovación durante la 2ª mitad del siglo XX, y hasta la llegada del AVE, habían sido lo trenes Talgo (el pendular alcanzaba los 200 km/h), quiso no sólo estar a la altura de las grandes compañías ferroviarias europeas, sino superarlas en atenciones y derechos del viajero. Al punto de devolverle el 50% del importe del billete si su tren llegaba con un retraso superior al 4º de hora, y nada menos que el 100% si superaba la media hora.

Renfe ha decidido por cuenta y riesgo del Gobierno central que únicamente devolverá el 50% del importe del billete, en tren alta velocidad o larga distancia si el retraso supera una hora de espera

Ahora todo eso es pasado, y, por ende: tercermundismo. Renfe ha decidido por cuenta y riesgo del Gobierno central (su administrador único) que únicamente devolverá el 50% del importe del billete, en tren alta velocidad o larga distancia, si el retraso supera la hora exacta, el 100% cuando la llegada a destino sea hora y media más tarde de la prevista.

Repasado el tabloide de nuestra estación central observamos duraciones del trayecto Alicante – Madrid que van desde 2 horas y 20 minutos a 2:40 en este tipo de desplazamiento semidirectos (con paradas en Albacete o Cuenca), lógicamente no contamos los regionales porque su servicio de escalas es lógicamente más diferenciado. Así pues, y no teniendo necesidad de puntual prevención alguna por parte de la empresa (que además del humano, sigue monopolizando gran parte del transporte de mercancías), un viaje desde “El Foro” madrileño al punto de la costa española más cercano (Alicante) podría tardar más de 4 horas, dejándonos la única opción, exigente por ley, de ir a reclamar al maestro armero.

Alega Renfe que debe de competir en igualdad de condiciones con Ouigo e Iryo (y las que vengan), como ya en su día hiciera Telefónica convertida en Movistar, que dejó de ser monopolio, pero gracias a una política expansiva en Sudamérica y en el mundo satelizado es hoy de nuevo una de las empresas más fuertes en telecomunicaciones. Tan es así, que el Estado, o mejor dicho el desgobierno con mando en plaza mayor, está intentando recuperar el control del Consejo de Administración, algo que no parece preocuparle tanto con la deficitaria Renfe.

Son miles de madrileños y mesetarios quienes tienen su 2ª vivienda en Alicante y provincia costera; cientos los que se ponen el traje, la bata o la toga para trabajar indistintamente en una u otra ciudad, regresando al punto de partida tras finalizar su trabajo o función. Todos ellos/as confiaban en que Renfe intentaría mantener la puntualidad a toda costa, salvo asumir unas pérdidas onerosas, que ahora reconoce en 42 millones € anuales. Coste derivado de estar y presumir (somos país eminentemente
turístico) entre las naciones con mayor fiabilidad juntamente con Japón, Francia y la República Checa, por ejemplo.

La solución no es volver al furgón de cola, nunca mejor dicho, de la puntualidad en la red de ferrocarriles europeos. En todo caso debería vehicularse en una mejor gestión, tipo y trazado de la red viaria, con
eliminación de los cuellos de botella que todavía se producen en muchas estaciones, y de lo cual es un mal ejemplo el trazado entre Murcia y Alicante para continuar hasta Barcelona; competir con las empresas privadas en las ofertas de precios, y de lo cual no será mal prototipo los actuales descuentos a los jóvenes mochileros, necesitados de conocer mundo, o seguir peinando a la 3ª edad que prefiere ser transportada a conducir propiamente.

El intentar ahorrarse 42 millones de unos ingresos totales de cerca de 375 millones de ingresos para aumentar el actual superávit de 54 millones, me parece algo sinvergonzón y artero, sobre todo cuando se trata de una empresa pública que debe mirar por el bien común, y no tanto por su enriquecimiento.

Es más, lo de que viajeros retrasados han pasado por taquilla para reclamar el importe, todo o parte, de sus billetes hasta llegar a esa astronómica cifra, no se lo cree ni el que asó la manteca, es decir: Raül Blanco Díaz y su equipo directivo en la Red Nacional de Ferrocarriles con 125.000 € anuales por barba, además de otras gratuidades. Seguro que cobrar llegan a tiempo.

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