La absorción de las Cajas de Ahorro por la banca privada fue uno de los mayores disparates que pudo cometer la economía española o, mejor dicho, quienes mandaban en ella acomodados en sus Consejos de Administración (dirección) o en los estamentos políticos que debían controlarlos. Desde su creación en el siglo XIX hasta su liquidación en el XXI cumplieron el papel del trato personal con el pequeño ahorrador, incluso en aquellas poblaciones que no interesaban por volumen comercial a los grandes bancos que ya habían comenzado a absolver a los pequeños. Hoy apenas quedan cinco bancos en España
No hace falta retroactivar mucho la memoria para acordarnos de la CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo) que comenzara su andadura en Cartagena y acabó instalando su sede central en Alicante, para terminar mal vendida al catalán Banco Sabadell. Desde entonces acá aquella maravillosa Obra Social, que justificaba sus beneficios en inversiones socioculturales, lo mismo te montaba una exposición de arte contemporáneo en Alicante, que una muestra de autores locales en Villena, o itinerancias por toda la provincia de los grabados de Goya; talmente ciclos de conferencias impartidas por pensadores de cualquier disciplina o literatos que explicaban sus obras y las ajenas; por no hablar de infinidad de talleres formativos promocionados en colaboración con otras instituciones, que tantos nuevos profesionales crearon, o ayudando en la formación continuada a quienes ya ejercían determinada profesión.
Si mal andábamos, peor se nos ha puesto el cuerpo viendo en las Cortes españolas como Pedro Sánchez se somete a los dictados del fugado Puigdemont y su papisa Miriam Nogueras
Hoy en Alicante capital de aquella CAM queda la sede central del Banco Sabadell, y una Obra Social decorosa, pero muy minimizada presupuestariamente por lo que no puede dar un servicio comparable y extensivo a los de antaño. Algo es algo, lo que se intenta desde la O.S. para un irremediable conformismo, pero resulta a todas luces insuficiente porque las administraciones nacionales, comunitarias y locales tampoco brillan por su animoso impulso cultural.
Si mal andábamos, peor se nos ha puesto el cuerpo viendo en las Cortes españolas como Pedro Sánchez se somete a los dictados del fugado Puigdemont y su papisa Miriam Nogueras, que exigen (no solicitan) la vuelta a su Catalunya endogámica de todas las empresas que huyeron cuando la situación allí se volvió insostenible como consecuencia de un independentista autogolpe de Estado apropiándose, menos mal que sólo por unas horas, de todo el aparato del Gobierno central, incluido el económico. Fue entonces cuando el Banco de Sabadell se vino definitivamente a Alicante, dado que su mayor OPA resultaba de la absorción de la CAM en plena expansión, aunque justo sería reconocer que el cambalache entre políticos y directivos alicantinos de la época resultó provechoso únicamente para ellos que se lo llevaron crudo.
Como entonces no lo consiguieron, hoy y a cambio de sus mínimos, pero necesarios votos para mantener a Pedro Sánchez sentadito en La Moncloa extorsionan a lo que ellos definen como el «ocupacionista Reino de España», para que se retrotraiga de sus antiguas decisiones y por bemoles, bajo amenazas más o menos explícitas, obliguen a que las empresas escapadas y ahora felizmente funcionando por diversos puntos de la geografía española, que vuelvan a centralizarse un en la hipotética República Catalana.
Por otra parte, los alicantinos no sabemos si para traspasar las novísimas fronteras controladas y acotadas desde la central migratoria de Barcelona, nos quedamos en la cuota internacional africanista, o seremos parte, al estilo de la Commonwealth, de Els Països Catalans. Y como allí tengo hermano e hija, ya me veo presentando el pasaporte cuando llegue a Vinaroz, o dando la vuelta por Aragón para traspasar la aduana francesa.
Urge pues poner coto a la desmembración de España como hacen nuestras defensas anatómicas cuando se intenta cercenarle un miembro. Y menos recurrir a Europa, aunque nos dé la razón, porque es cuestión de arreglar entre españoles, incluida la mayoría de los/as catalanes que se sienten tales, este disloque que puede llevarnos a una confrontación civil que ya está generando animadversiones y recelos comparativos populares donde nunca las hubo.
Una de las poquísimas direcciones generales en el ámbito nacional que le quedan a Alicante es la del Banco Sabadell, difícilmente vamos a consentirle semejante mandato dictatorial a un fugado (Puigdemont) que obliga porque el otro (Pedro Sánchez) traga.