opinión Pedro Nuño
Estamos en la diabólica e intolerante situación del "quien no esté conmigo, está contra mí". Esa España a garrotazos goyescos que tan mal hablan de un país capaz de enfangarse en tres guerras civiles que caben en apenas un siglo

No hay nada más frustrante irresoluble que lo que conocemos como «vergüenza ajena». Eso es lo que hemos sentido todos los valencianos desde Pilar de la Horadada a Vinaròs pasando por las comarcas mesetarias del interior, cuando hemos visto pelearse a nuestros políticos en las Cortes Valencianas «sancta sanctorum» del parlamentarismo autonómico como chulos tabernarios o revuelta adolescente en un correccional de menores supuestamente peligrosos.

Semejante refriega jamás se había visto, y menos oído, en el palacio que fuera edificado por orden de la maquiavélica familia Borja, reconvertido hoy en interiorismo moderno donde se aprueban o rechazan leyes y reglamentos que competen a nuestra Comunitat Valenciana según atribuciones expresas y expresadas en nuestra Constitución española. El corifeo de las izquierdas, PSPV-PSOE, más los independentistas Compromís, que cada vez se arriman más al ascua catalana, con un reiterado y vocinglero: «¡dimisión», «dimisión», «dimisión»…! atronaba en la sala acompañado de palmetazos sobre sus pupitres en un intento absolutamente gamberro de interrumpir al Presidente Carlos Mazón que desde la tribuna de oradores intentaba explicar su plan para recomponer la devastación causada por la Dana en la comarca de Valencia Sud.

Estamos en la diabólica e intolerante situación del «quien no esté conmigo, está contra mí». Esa España a garrotazos goyescos que tan mal hablan de un país capaz de enfangarse en tres guerras civiles que caben en apenas un siglo

No le dieron tiempo a hacerlo, al punto de que su incivismo impropio de quienes se llaman «señorías», obligó a la presidenta de Les Corts Llanos Massó, incapaz (o incompetente) de mantener el orden, a interrumpir la deliberación durante 15 minutos (dijo), pero que luego se alargaron hasta que los grupos diferentes y adversos parlamentarios se pongan de acuerdo en reanudar lo que debe ser sesión dialéctica documentada, inteligente y educada por muy antagonistas que sean las posiciones de cada cual.

Mientras desde la bancada de la izquierda unos berreaban contra Mazón, el diputado alicantino José Antonio Rovira del PP, Conseller de Educación y profesor universitario, perdió esta última acepción de mínima urbanidad recordándole a la izquierda que el presidente del Gobierno Español, «salió por patas», mientras el rey aguantaba en toda la cara embarrada insultos y vituperios devolviendo palabras sentimentales de solidaridad y esperanza.

Total, que al final ni supimos el plan de la Generalitat para recomponer el desastre tras la batalla reparadora contra el agua y el barro, ni donde iban a vivir tantas personas que se han quedado sin techo, ni cuando se recibirán todas las indemnizaciones; sólo nos recordaron algo que ya sabíamos desde hacía más de un mes y desde el dolor con que cada día se nos machaca en telediarios y primeras planas: que habían muerto 222 personas.

No parecería extraño pues, que, tras la escandalera de nuestros supuestamente «dignísimos» representantes, el pueblo no es que se vaya a revolver contra el sistema democrático, sino que está muy decepcionado con sus representantes, quienes se dedican a faltarse el respeto con palabras malsonantes, en lugar de aunarse contra la bestial riada y sus terribles consecuencias, buscando reparaciones técnicamente estudiadas por los mejores expertos y desde la independencia política, puedan recomponer la viudedad, la inhabitabilidad y la precariedad en las que ha quedado nuestros vecinos del norte.

Estamos (de nuevo) en la diabólica e intolerante situación del «quien no esté conmigo, está contra mí». Esa España a garrotazos goyescos que tan mal hablan de un país capaz de enfangarse en tres guerras civiles que caben en apenas un siglo. Mejor que peleándose en el hemiciclo de Les Corts, si hubiesen puesto botas de agua, un mono y un impermeable para irse como voluntarios, rastrillo, pico y pala, a cualquiera de los pueblos afectados por la Dana más destructiva de este siglo. Eso sí que hubiera sido un ejemplo, y no el que dieron en el parlamento valenciano.

No hay mal que por bien no venga dice el refrán. Al menos el pavoroso impacto provocado en Catarroja, Chiva, Massanassa y otros pueblos de menor catastro, ha servido para que nuestras autoridades locales espabilen tomando medidas para sanear barrancos y avenidas naturales, por ejemplo, en Alicante municipio las que bajan desde Fontcalent hasta la playa de San Juan, totalmente abandonados los saneamientos y desbroces desde que Santa Bárbara tronó por última vez en 1997, cuando todavía estábamos escarmentados de la del 1982.

Barcala trata de evitar que el barro salpicado por el chapoteo de Mazón le afecte a él propiamente en las próximas elecciones, y por eso ha cogido a sus técnicos municipales para recorrer ramblas, incluidas las de pueblos limítrofes, con cuyos alcaldes también se ha conectado buscando una solución global y coordinada más allá de lo puramente comarcal. Otro tanto está haciendo el presidente de la Diputación Antonio Pérez, pero aquí la labor será más ardua por extensiva y compleja en la variable geografía provincial alicantina con tanta serranía, mucho valle y una larga costa, amén del clima más indicado para atraer las Danas como demuestra nuestra historia en el ámbito climatológico y desde Torrevieja a Dénia pasando por la capital.

¿Serán los políticos capaces de ponerse de acuerdo colaborativo, aunque sólo sea una vez en la vida? De lo contrario, las hemerotecas, videotecas y fonotecas se lo recordarán para su vergüenza y descrédito futuros.

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